Crónicas
Fixed Card Game

CAPÍTULO 9

La primera sangre

Las decisiones de los reyes, viajero, rara vez permanecen quietas dentro de los muros donde fueron pronunciadas. Apenas nacen, comienzan a moverse por el mundo como piedras lanzadas al agua, creando ondas que alcanzan lugares que sus propios autores jamás imaginaron.

Así ocurrió con la orden de Cas.

Aquella misma noche, mientras la Fortaleza del León aún discutía mapas, provisiones y mensajeros, un contingente de soldados del valle ya marchaba hacia el sur. El rey había enviado a uno de sus comandantes más experimentados para interceptar a los Zectarium antes de que pudieran internarse más profundamente en las tierras del reino.

Aquel comandante era conocido entre los Gartherium como uno de los mejores arqueros del valle. No solo por su precisión, sino por su capacidad de mantener el control incluso en medio del caos de la batalla. Había participado en escaramuzas en la frontera oriental y en varias campañas menores contra bandidos y clanes rebeldes. No era un hombre imprudente, ni un guerrero impulsivo. Era un soldado disciplinado, acostumbrado a medir cada movimiento.

El comandante arquero del Valle del León

Bajo su mando marchaban varias decenas de soldados del valle: lanceros, arqueros, algunos jinetes y exploradores que conocían los caminos del sur. No era un ejército completo, pero sí una fuerza suficiente para enfrentarse a una banda de saqueadores, o al menos eso creían cuando abandonaron la fortaleza.

Durante el viaje, el comandante mantuvo una disciplina estricta. Las columnas avanzaban en silencio, los exploradores se adelantaban para examinar los caminos, y cada descanso era breve. Sabía que si el relato de Nas era cierto, el enemigo no estaba lejos.

Al segundo día de marcha comenzaron a aparecer las primeras señales.

Cenizas en el viento.

Animales muertos.

Y finalmente, en el horizonte, una columna negra de humo que se elevaba lentamente hacia el cielo.

Valdecalabaza.

Las ruinas de Valdecalabaza

Cuando el ejército del valle llegó a las cercanías del pueblo, el paisaje era desolador. Las casas estaban reducidas a esqueletos de madera carbonizada. Los cercos de los campos habían sido derribados, y el suelo aún conservaba el olor amargo del humo y la sangre.

Pero no estaban solos.

Entre las ruinas se movían figuras armadas. Guerreros del desierto, cubiertos con pieles y armaduras improvisadas, caminaban entre los restos del pueblo como depredadores revisando una presa.

Los Zectarium.

El comandante levantó el puño y ordenó detener la columna. Sus soldados formaron rápidamente posiciones defensivas mientras los arqueros tensaban las cuerdas de sus arcos.

Pero entonces apareció él.

Desde el centro de las ruinas emergió la figura imponente de Aratto, rey de los Zectarium.

Era una presencia difícil de ignorar: alto, poderoso, con la piel curtida por el sol del desierto y una mirada que parecía hecha de piedra y fuego al mismo tiempo. A su alrededor se reunían sus guerreros como lobos alrededor del líder de la manada.

Aratto observó al ejército del valle con una sonrisa lenta, casi divertida.

—Así que el rey del valle responde —dijo con voz grave.

El comandante avanzó unos pasos al frente de sus hombres, con el arco aún preparado.

—Retírate de estas tierras —respondió—. Has cruzado las fronteras del Valle del León y atacado a su gente. Si continúas avanzando, responderemos con toda la fuerza del reino.

Aratto soltó una carcajada seca que resonó entre las ruinas.

—Mi arma fue robada —dijo—. Y uno de los tuyos fue visto huyendo con ella.

Luego señaló las cenizas del pueblo.

—Esto fue solo el comienzo.

El comandante comprendió entonces algo terrible: no estaban enfrentando a una banda dispersa. Aquello era un ejército.

Y ya estaban demasiado cerca.

La batalla comenzó en un instante.

Los arqueros del valle soltaron la primera lluvia de flechas, que descendió sobre los guerreros del desierto con la velocidad de una tormenta. Algunos Zectarium cayeron, atravesados antes de poder reaccionar.

Pero los hombres de Aratto no retrocedieron.

Rugiendo como bestias de guerra, cargaron hacia adelante con hachas, lanzas y espadas curvas que brillaban bajo el sol del desierto.

La batalla en Valdecalabaza

El choque fue brutal.

Los lanceros del valle formaron una línea defensiva, intentando frenar la embestida, mientras los arqueros disparaban flecha tras flecha sobre los flancos enemigos.

Pero los Zectarium estaban hechos para la guerra.

Peleaban con una ferocidad salvaje, acostumbrados a sobrevivir en un mundo donde la debilidad no existe. Uno a uno, los soldados del valle comenzaron a caer.

El comandante luchó como un verdadero líder.

Sus flechas encontraron enemigos a cada disparo, y cuando los guerreros del desierto alcanzaron su posición, desenvainó su espada y continuó combatiendo entre sus hombres.

Pero incluso el mejor arquero del valle no podía cambiar el destino de aquella batalla.

Las líneas del ejército de Cas se quebraron.

Uno tras otro, los soldados fueron rodeados, superados y finalmente aniquilados.

Cuando el polvo de la batalla comenzó a asentarse, el campo alrededor de Valdecalabaza estaba cubierto de cuerpos.

El ejército enviado por el rey del valle había sido destruido por completo.

Casi por completo.

El comandante, gravemente herido, logró abrirse paso entre la confusión final del combate. Con el cuerpo cubierto de sangre y el aliento quebrado, abandonó el campo y se arrastró hacia los límites del bosque cercano.

Allí, entre los árboles y las sombras, cayó finalmente al suelo.

Había sobrevivido.

Pero apenas.

Mientras tanto, en el campo de batalla, Aratto caminaba entre los cadáveres con una calma casi inquietante.

Observó los restos del ejército enemigo y luego miró hacia el norte, hacia el corazón del valle.

Entonces habló a sus guerreros.

—Ahora lo entiendo —dijo—.

Su voz era baja, pero todos guardaron silencio.

—Esto no era un simple grupo de defensa. Era una respuesta.

Levantó su arma hacia el horizonte.

—El rey del valle ha hablado. Y su respuesta es la guerra.

Sus guerreros golpearon sus armas contra los escudos en señal de aprobación.

Entonces Aratto dio la orden que cambiaría el destino del valle.

—Marcharemos hacia la fortaleza.

Y así, viajero, mientras un solo sobreviviente se arrastraba herido entre los árboles para llevar la noticia al rey Cas…

El ejército del desierto comenzaba su avance hacia el corazón del Valle del León.

La batalla en Valdecalabaza
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