CAPÍTULO 15
El rugido antes del asedio
Hay momentos, viajero, en los que la guerra deja de ser una sucesión de enfrentamientos y se transforma en una decisión. No una decisión de los reyes ni de los ejércitos, sino de aquellos que comprenden el peso completo de lo que está en juego. Yo estuve allí, y lo que vi aquel día no fue simplemente una retirada… fue el instante en que el destino del Valle del León quedó sellado.
Apenas Asteliana se había elevado hacia el cielo con Karleon entre sus brazos, dejando atrás el campo de batalla, comprendí que el curso de los acontecimientos había cambiado de forma irreversible. No había tiempo para dudar ni para mantener una posición que ya no podía sostenerse. El enemigo no retrocedería, y nosotros no teníamos la fuerza suficiente para contenerlo en ese terreno abierto. Permanecer allí habría significado la aniquilación total.
Llamé entonces a uno de mis generales, un hombre que había demostrado disciplina incluso en los momentos más caóticos del enfrentamiento. Se acercó con rapidez, aún cubierto de polvo y sangre, sin saber exactamente qué orden recibiría.
—Escucha con atención —le dije, manteniendo la calma que la situación exigía—. Lo que haré a continuación no podrá sostenerse por mucho tiempo. Necesito que, en cuanto ocurra, reúnas a todos los hombres que aún puedan moverse y los lleves de vuelta a la fortaleza del Valle del León. No debe quedar nadie aquí. No es una retirada desordenada, es una maniobra necesaria para sobrevivir.
El general dudó apenas un instante, como si quisiera decir algo más, pero terminó asintiendo.
—¿Y usted? —preguntó finalmente, con una tensión evidente en la voz—. Si hacemos eso, quedará expuesto.
—No es una pregunta que debas hacer ahora —respondí—. Es una orden. Haz que todos se retiren. No mires atrás.
No hubo más palabras. Él comprendió.
Fue entonces cuando reuní toda la Etheria que aún era capaz de controlar. No como una técnica refinada, ni como una demostración de poder, sino como una necesidad absoluta. Sentí cómo la energía comenzaba a concentrarse en mi interior, cómo cada fragmento de ella respondía a una única intención: abrir un espacio, crear una oportunidad, comprar el tiempo que los demás necesitaban para escapar.
Y entonces… la liberé.
Una ráfaga de Etheria roja emergió desde mi cuerpo con una violencia que no buscaba precisión, sino impacto. Se expandió en todas direcciones como una onda de choque, arrasando con todo a su paso. Los zectarium, que hasta ese momento avanzaban con una ferocidad imparable, fueron lanzados hacia atrás, golpeados por una fuerza que no pudieron anticipar ni resistir. Sus cuerpos cayeron, sus formaciones se rompieron, y durante unos instantes —breves, pero suficientes— el campo de batalla quedó en silencio.
No fue una victoria.
Fue una pausa.
Sentí el peso de aquel acto de inmediato. Mi cuerpo se debilitó, la Etheria que había liberado no podía ser recuperada con facilidad, y cada movimiento se volvió más costoso. Pero no era momento de detenerse. Aproveché el caos generado para desaparecer entre los restos del campo, ocultándome entre los escombros, alejándome sin llamar la atención.
Cuando los zectarium comenzaron a recuperar la conciencia, ya no quedaba nadie a quien enfrentar.
Aratto se incorporó lentamente, comprendiendo lo ocurrido antes incluso de que alguien se lo explicara. Observó el campo vacío, los rastros de la retirada, y en su rostro apareció una expresión que no era sorpresa, sino furia contenida. Su grito resonó con una intensidad que recorrió a todo su ejército.
—¡Huyeron! —rugió, apretando los puños—. ¡Creen que pueden escapar de esto!
Sus ojos se endurecieron mientras miraba hacia la dirección en la que nos habíamos retirado.
—Prepárense —ordenó con voz firme—. No habrá más interrupciones. Marcharemos hacia la fortaleza. Y esta vez… no quedará nada en pie.
Mientras tanto, nuestra retirada continuaba. No fue ordenada ni limpia, pero fue efectiva. Los hombres avanzaban con el peso de la derrota, pero también con la certeza de haber sobrevivido. Cuando finalmente alcanzamos la fortaleza del Valle del León, el panorama que encontramos no era el de una ciudad desprevenida, sino el de un bastión que ya se había preparado para lo inevitable.
Fui llevado ante el rey Cas casi de inmediato. Su mirada no reflejaba sorpresa, sino expectativa. Como si supiera exactamente qué noticias traíamos.
—Habla —dijo sin rodeos.
Le conté todo. La batalla, la retirada, la magnitud del ejército enemigo. Y también le hablé de Karleon.
—Mi discípulo… —dije, haciendo una pausa que no era común en mí— no sé si ha sobrevivido. Fue alcanzado por un veneno que no corresponde a este tiempo. Asteliana lo sacó del campo, pero… no sé si logró salvarlo.
Cas no respondió de inmediato. Su expresión se mantuvo firme.
—Entonces debemos asumir lo peor —dijo finalmente—. Y prepararnos para lo que viene.
Pero lo cierto, viajero, es que él ya lo había hecho.
La fortaleza no estaba en estado de alerta… estaba lista para la guerra.
Nas, aquella joven que había sobrevivido a la destrucción de su pueblo, no solo había demostrado su valor, sino su capacidad. Cas la había ascendido a generala, y bajo su mando, cada hombre y mujer capaz de empuñar un arco había sido entrenado. Las murallas estaban reforzadas, las posiciones asignadas, las reservas organizadas.
Doromax y Jalim también habían regresado antes que nosotros, trayendo consigo información que alteraba por completo la comprensión del conflicto. Relataron lo ocurrido en el bosque, el altar, y la verdad detrás del arma que Aratto reclamaba. Fue entonces cuando comprendí.
La Zaram no era simplemente un artefacto poderoso.
Era algo que yo ya había visto antes.
Recordé la guerra de los Cuatro Hermanos. Recordé las armas forjadas en aquel conflicto. Y entre ellas… recordé una en particular. Una que no pertenecía a ningún mortal.
—Tumbusko… —murmuré—. El dios de la guerra.
Comprendí entonces que lo que enfrentábamos no era solo una invasión. Era la reactivación de algo antiguo, algo que nunca debió volver a este mundo.
Doromax no permaneció en la fortaleza. Partió hacia sus montañas, buscando ayuda, buscando fuerzas que pudieran inclinar la balanza. Jalim, por su parte, se dirigió hacia Arhiem, con la intención de advertir a los suyos y quizás… cambiar el curso de lo que se avecinaba.
Cas no perdió tiempo. Reunió a sus generales, dio órdenes claras, sin espacio para dudas. Todos los habitantes del valle fueron llevados al interior de la fortaleza. Nadie debía quedar fuera. No habría refugio en el campo abierto. No esta vez.
Él mismo tomó posición en las murallas.
No como rey.
Como defensor.
El día transcurrió con una tensión que se podía sentir en el aire. Cada hora parecía más larga que la anterior. Los hombres permanecían en sus posiciones, atentos, preparados. Pero el enemigo no aparecía.
Y eso… era lo que más inquietaba.
Porque el silencio, viajero, en tiempos de guerra… nunca es ausencia.
Es preparación.
Fue al caer la luz del día cuando uno de los vigías dio la señal.
Todos miraron hacia el horizonte.
Y entonces lo vimos.
No era un ejército.
Era un mar.
Un mar de enemigos avanzando lentamente, cubriendo la distancia con una inevitabilidad que no dejaba espacio para la esperanza fácil. Sus estandartes se alzaban como sombras contra el cielo, y su número… superaba cualquier cálculo que hubiésemos hecho.
Cas no se movió.
Solo observó.
Y comprendió lo mismo que todos nosotros.
La guerra… acababa de comenzar.