Crónicas
Fixed Card Game

CAPÍTULO 7

La orden del rey

Debes entender algo sobre Cas, viajero. No era un rey bondadoso, ni un hombre al que el poder hubiese llegado por simple herencia y ceremonia. Su historia estaba escrita con hierro mucho antes de que aquella noche Nas cruzara las puertas de su salón.

Tras la muerte de su padre, el antiguo rey del valle, se celebró una reunión secreta entre los herederos. Allí, lejos de los ojos del pueblo y de los generales, debía decidirse cuál de los hijos obtendría el reino. Pero Cas no estaba dispuesto a dejar su destino en manos de discusiones, pactos ni medias lealtades.

Aquella noche mató a todos sus hermanos.

No uno. No dos. A todos.

Y así tomó la corona.

El pasado de Cas

Desde entonces, nadie volvió a confundir en él la debilidad con la prudencia. Cas era despiadado, sí. Su trono estaba construido sobre la sangre de su propia casa. Pero también era cierto que amaba su reino con una ferocidad casi salvaje. Podía ser cruel con sus enemigos, duro con sus aliados e implacable con quienes lo desafiaban, pero no toleraba amenaza alguna contra el Valle del León ni contra su gente.

—Si Aratto quiere guerra —dijo con voz grave—, la tendrá.

Entonces llamó a uno de sus generales más experimentados, un hombre endurecido por campañas, cicatrices y años de servicio al reino. Le ordenó reunir tropas de inmediato y marchar hacia Valdecalabaza. No debían esperar un nuevo ataque. No debían permanecer tras las murallas viendo arder las aldeas del valle. Su misión era interceptar a Aratto, contener su avance y demostrar que el Valle del León no era tierra para amenazas vacías.

—Marcharás esta misma noche —ordenó Cas—. Llévate hombres, jinetes y exploradores. Encuentra a Aratto y detén su avance, aunque debas cerrar el camino con sangre.

El general inclinó la cabeza y aceptó la orden sin vacilar.

Pero Cas no era un necio. Sabía que aquella guerra nacía de una causa extraña, turbia, mal comprendida. Él no tenía la Zaram. Ninguno de los suyos la había entregado ni estaba guardada en sus arsenales. Y aun así, tampoco podía quedarse quieto mientras sus pueblos eran arrasados.

Fue entonces cuando sus ojos se volvieron hacia mí.

—Albarian —dijo—, tú has caminado más que cualquiera de los que están aquí. Has visto reinos alzarse y caer. Dime qué está pasando realmente.

Sentí sobre mí el peso de toda la sala. Reyes, generales y soldados esperan respuestas claras en los días previos a la guerra. Pero la verdad rara vez se presenta completa en el momento en que más se la necesita.

Le respondí con honestidad:

—No poseéis esa arma, rey Cas. De eso estoy seguro. Pero también estoy seguro de algo más: quien haya robado la Zaram no solo deseaba quedarse con ella. Deseaba empujar a los pueblos de Kois a la guerra.

Un murmullo recorrió el salón.

Cas frunció el ceño. No era hombre de disfrutar misterios. Prefería enemigos visibles, nombres concretos, objetivos claros. Sin embargo, comprendió lo esencial: aunque no fueran culpables del robo, no podían permanecer inmóviles. En tiempos así, no actuar era otra forma de invitar a la ruina.

—Entonces hallaremos al ladrón después —sentenció—. Primero protegeremos el valle.

Así quedó decidida la respuesta del reino.

En medio de aquella sala cargada de tensión, Nas permanecía en silencio. Había cumplido su deber: había llegado a tiempo, había advertido al rey, había puesto la verdad sobre la mesa. Pero nada de eso devolvía a su familia, ni disipaba las imágenes de su pueblo ardiendo que seguían persiguiéndola por dentro.

El rey ordenó que permaneciera en la fortaleza. Tendría resguardo, alimento y descanso mientras la situación se aclaraba. Sin embargo, el cuerpo puede recibir techo sin que el alma reciba consuelo.

Nas aceptó quedarse, pero en su pensamiento no había paz. Su mente seguía una y otra vez el mismo camino: las casas consumidas por el fuego, los gritos, el humo, y los rostros de aquellos a quienes no había podido salvar. Aunque ahora estaba entre murallas seguras, una parte de ella seguía atrapada en las cenizas de Valdecalabaza.

Y mientras la sala aún discutía órdenes, rutas de marcha y número de tropas, otro corazón también empezaba a inquietarse.

A mi lado, Karleon había escuchado cada palabra del relato. Pero en su interior la guerra no despertó solo preocupación por el valle. Despertó otra clase de temor.

Porque al oír que el mundo comenzaba a fracturarse, pensó de inmediato en Asteliana.

Pensó en Arheim. En sus torres blancas. En sus corredores elevados. En aquella mirada que una vez lo desarmó más que cualquier espada. Pensó en el ave azul, en los mensajes secretos, en ese amor imposible que ambos sostenían desafiando leyes antiguas que prohibían toda unión entre facciones.

Ya lo sabes, viajero: el suyo no era un amor permitido. Las leyes de los Artherianos no admitían mezcla con otros pueblos, y menos aún con un Gartherium. Lo suyo existía apenas en los márgenes del mundo, entre silencios, encuentros furtivos y la fidelidad de un pequeño ave azul.

Pero la guerra convierte en urgente todo lo que antes podía esperar.

Cuando el consejo terminó de romperse en órdenes y movimientos, Karleon se retiró con aparente calma. Nadie habría notado nada extraño en su rostro. Nadie salvo yo. Lo conocía demasiado bien. Vi en sus ojos esa decisión silenciosa que no necesita ser pronunciada.

Sin hacer ruido, sin despedidas, sin buscar permiso, abandonó la fortaleza y utilizó la Etheria para elevarse por los cielos de Kois, tomando rumbo hacia las montañas de Arheim.

No marchaba como un soldado ni huía como un cobarde. Iba como un hombre que teme llegar demasiado tarde al único lugar donde de verdad está su corazón.

Karleon parte hacia Arheim

Y así, mientras las tropas del rey Cas comenzaban a reunirse para avanzar hacia el sur, Nas quedaba resguardada entre los muros del reino con el alma partida por la pérdida, y Karleon surcaba el cielo en secreto hacia una mujer a la que no debía amar.

De ese modo, aquella noche en la Fortaleza del León no solo se decidió una respuesta militar. También comenzaron a moverse, al mismo tiempo, tres destinos distintos: el del rey que se preparaba para la guerra, el de la arquera que cargaba el dolor de un pueblo destruido, y el del amante prohibido que corría hacia las montañas antes de que el mundo terminara de incendiarse.

Tres destinos comienzan a moverse
← Capítulo anterior Siguiente capítulo →