Crónicas
Fixed Card Game

CAPÍTULO 13

El juicio del Altar de la Abundancia

Mientras en el Valle del León la guerra encendía sus primeras llamas abiertas, lejos de los estandartes, de los reyes y de los campos de batalla, otro destino avanzaba por senderos mucho más antiguos.

Ya te hablé de Doromax y de Jalim, de la decisión insensata —o valiente— que tomaron aquella noche en la taberna, cuando la derrota del sur todavía era un rumor que recorría la fortaleza como una enfermedad. También te conté que no partieron solos, sino acompañados por otros ocho guerreros que aceptaron internarse en el Bosque de la Perdición, movidos por distintas razones: ambición, gloria, necesidad, orgullo… o simple incapacidad para retroceder una vez pronunciado el juramento.

Pero el bosque, viajero, no es un lugar que acepte grupos durante mucho tiempo.

El Bosque de la Perdición no mata como un campo de batalla. No ofrece una carga clara, ni un enemigo que se vea a distancia, ni una formación contra la que uno pueda afirmar el cuerpo y el espíritu. Mata de otro modo. Más lento. Más íntimo. Como si primero quisiera medir el tamaño del miedo de quienes se atreven a entrar.

Desde los primeros pasos, la espesura comenzó a cerrarse sobre ellos. La luz se filtraba apenas entre ramas entrelazadas, y el aire se hacía cada vez más denso, pesado, como si el propio bosque quisiera hundirles los pulmones. Las raíces se movían con lentitud casi imperceptible. Las hojas caían con el peso de piedras. Enredaderas venenosas esperaban el más pequeño descuido para abrir la piel y dejar entrar una muerte rápida y convulsiva.

Asteliana huye con Karleon hacia las montañas blancas

El primer hombre cayó casi sin comprender qué había sucedido. Una herida pequeña, una línea roja apenas visible, y luego el temblor, el espasmo, la caída, el silencio. Después vino otro. Y luego otro más, arrastrado por raíces que parecían haber despertado solo para reclamarlo.

Doromax avanzaba al frente siempre que podía, rompiendo con fuerza brutal aquello que amenazaba el camino. Jalim, en cambio, se movía con una atención distinta: protegía, ordenaba, analizaba. Lo suyo no era el impulso ciego, sino la resistencia. Donde Doromax abría paso, Jalim impedía que los demás se desmoronaran demasiado pronto.

Pero ni la fuerza ni la disciplina bastan siempre cuando un lugar entero ha decidido ponerte a prueba.

Hubo plantas carnívoras de pétalos rojos, grandes como bestias agazapadas, que se lanzaban desde la maleza y desgarraban el aire con espinas afiladas. Hubo nieblas cargadas de Etheria que no solo entorpecían la vista, sino también la mente. Hubo árboles cuyas esporas despertaban recuerdos, deseos, culpas y voces que no estaban allí. Y hubo ilusiones, muchas ilusiones, de esas que no intentan herir primero el cuerpo, sino quebrar la voluntad.

Asteliana huye con Karleon hacia las montañas blancas

Fue en una de esas noches, junto a un fuego miserable y tembloroso, cuando Jalim habló por fin con verdad delante de Doromax.

Ya no podían fingir que aquello era una simple aventura de gloria. El bosque había cobrado demasiadas vidas y todavía no les entregaba nada. Entonces Doromax, agotado por primera vez hasta dejar ver la fatiga detrás de su orgullo, le preguntó si alguna vez había dudado de todo aquello. Jalim respondió con la sinceridad que solo nace cuando un hombre ha caminado demasiado cerca de la muerte: sí, dudaba, pero no podía retroceder.

A la mañana siguiente siguieron avanzando.

La niebla se hizo peor. Los cantos se volvieron más precisos. Algunas figuras aparecían entre los árboles con el rostro de personas que no podían estar allí. Jalim vio a Asteliana. No una sombra cualquiera, sino una imagen tan exacta en sus ojos, en su voz, en la tristeza de su expresión, que durante un instante sintió que su mente comenzaba a ceder. La oyó preguntarle por qué había venido. Lo oyó sentir compasión por sí mismo. Lo oyó desear abandonar toda empresa absurda y tender la mano hacia aquella aparición.

Fue Doromax quien lo sacó de allí. Lo tomó por los hombros, lo sacudió con violencia y le gritó que recordara por qué seguían vivos. A su alrededor, otros no tuvieron esa suerte. Dos de sus compañeros fueron tragados por las visiones, arrastrados a la oscuridad del bosque persiguiendo voces que nunca volverían a responderles.

Asteliana huye con Karleon hacia las montañas blancas

Así quedaron cinco.

Poco después, el bosque les cerró el paso con un pantano tan vasto y maligno que parecía un mar enfermo. La tierra tragaba con avidez a quien dudara un segundo. Uno de los hombres retrocedió, dominado por el miedo, resbaló apenas y fue absorbido por el lodo negro con una rapidez que dejó a los demás inmóviles de horror. Ni siquiera alcanzó a gritar el tiempo suficiente como para merecer una despedida.

Fue entonces cuando Jalim recordó un antiguo canto, una plegaria vieja, casi olvidada, que hablaba de armonizar la Etheria del suelo y pedirle paso a la tierra traicionera. Lo entonó primero solo, con la voz insegura por el cansancio. Luego Doromax lo siguió. Después los otros.

Durante horas cruzaron el pantano cantando, sin poder callar ni un instante, porque cada vez que una voz vacilaba, el suelo comenzaba de nuevo a hundirse bajo sus pies. Cantaron hasta que la garganta ardió. Cantaron hasta que la canción dejó de ser una melodía y se volvió una forma de seguir respirando. Cuando alcanzaron la otra orilla, cayeron al suelo como hombres devueltos de la tumba.

Asteliana huye con Karleon hacia las montañas blancas

Pero el juicio todavía no había terminado.

Más adelante apareció el espectro.

No tenía rostro en el sentido humano de la palabra, y sin embargo miraba. No pisaba la tierra, y sin embargo imponía más peso que cualquier criatura física. Su voz no venía exactamente del aire, sino de algo más profundo, como si el altar mismo ya hablara a través de él.

Les dijo que los había observado desde que pusieron un pie en el bosque. Que habían demostrado valentía, sí, pero no aún el derecho a continuar. Antes debían enfrentar una última cadena de pruebas.

Entonces llegaron los guardianes.

No uno ni dos, sino escuadrones enteros de criaturas nacidas para custodiar aquello que los hombres no debían tocar. Seres de sombra, bestias ígneas, espectros líquidos, felinos imposibles y colosos de piedra marcados con runas antiguas. Cada uno de ellos parecía representar una forma distinta de muerte.

Los primeros fueron los guardianes oscuros, figuras cuya sola cercanía robaba calor y fuerza. Uno de los últimos compañeros que aún quedaban fue alcanzado al comienzo mismo del combate, y su cuerpo se vació de vida con una rapidez espantosa, quedando inmóvil como una forma apagada sobre la tierra.

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Jalim resistió con el escudo al frente, desviando golpes que habrían destrozado a cualquier otro. Doromax, a su lado, avanzaba como un martillo viviente, rompiendo cuerpos y sombras con una ferocidad que hasta entonces el bosque no había conseguido arrancarle. Entre los dos lograron contener a los guardianes, y cuando por fin el último se desintegró, apenas tuvieron tiempo de respirar.

Después descendieron las criaturas de fuego. Sus cuerpos alargados parecían hechos de escamas ardientes y furia pura. Cercaron a los supervivientes y los envolvieron en un anillo de calor insoportable. Un hombre cayó abrasado antes de comprender siquiera la naturaleza del ataque. Otro resistió unos instantes más, ayudando con sus últimas fuerzas, hasta quedar tendido, vivo apenas durante un momento, antes de desaparecer también en el juicio del bosque.

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Jalim descubrió entonces que aquellas criaturas podían ser cegadas si uno reflejaba con precisión la luz de sus propias llamas. Con su escudo desvió el fulgor hacia sus ojos, y Doromax aprovechó cada vacilación para golpearlas con violencia devastadora. Así cayeron.

Pero del suelo surgieron luego las entidades acuosas, espectros femeninos de agua y canto, seres cuya verdadera arma no eran las manos afiladas, sino la promesa de descanso. Una de ellas tomó al último de los compañeros que aún seguía en pie fuera de los dos y lo arrastró a la oscuridad antes de que pudieran alcanzarlo.

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Así, sin ceremonia, quedaron solos.

Solo Doromax y Jalim.

El primero respiraba como una bestia herida, cubierto de cortes, barro y hollín. El segundo apenas podía sostenerse, pero seguía erguido. Se miraron y comprendieron que todo lo demás había sido arrancado del camino. Ya no había grupo. Ya no había testigos. Solo ellos dos, el bosque y aquello que aguardaba al final.

Aun así, siguieron.

Los siguientes guardianes fueron felinos veloces, imposibles de fijar del todo con la vista. Sus ojos parecían leer directamente el miedo, y sus zarpas abrían la carne antes de que el pensamiento alcanzara a reconocer el movimiento. Doromax acabó viéndose obligado a usar una técnica de giro brutal, una descarga de fuerza y Etheria que arrasó a varias de aquellas bestias a costa de dejarlo casi inconsciente. Jalim se convirtió entonces en el muro que lo mantuvo con vida.

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Y después llegaron los gigantes de piedra.

Aquello ya no fue una batalla, sino una condena física. Los colosos avanzaban con lentitud aplastante, marcados por runas que resplandecían en sus torsos. Doromax cayó de rodillas tras el primer choque serio y solo pudo incorporarse a medias. Fue Jalim quien sostuvo el final de ese combate. Esquivó, soportó, recibió impactos que hicieron crujir todo su cuerpo y, uno por uno, encontró las uniones débiles de las runas, apagándolas con golpes precisos hasta derribar al último de los guardianes.

Asteliana huye con Karleon hacia las montañas blancas

Cuando todo terminó, el bosque guardó silencio.

No un silencio natural. Uno deliberado.

Y ante ellos se abrió por fin el camino hacia el Altar de la Abundancia.

Lo que hallaron allí no se parecía a una ruina cualquiera. Era un lugar antiguo, intacto de una manera imposible, bañado por una luz suave que no venía ni del sol ni del fuego. Del centro del altar ascendía una columna de agua clara que subía y descendía como obedeciendo un ciclo eterno. Todo alrededor estaba cubierto de riquezas: metales, gemas, materiales extraños y depósitos de una pureza que ninguna mina del mundo podía ofrecer.

El espectro los aguardaba.

Les dijo que habían vencido. Que habían demostrado valor. Y que, por ello, tenían derecho a una sola elección.

Podían tomar todas las riquezas del altar y convertirse en los hombres más ricos del mundo. Podían escoger un fragmento puro de Etheria y adquirir una conexión digna de las viejas leyendas, un dominio que ningún sabio había alcanzado del todo. O podían pedir la verdad. La respuesta que los había arrastrado hasta aquel lugar. La verdad sobre la Zaram.

Allí el altar mostró su verdadera naturaleza, viajero. Porque el bosque no había terminado de juzgarlos al dejar atrás a los monstruos. El último enemigo era el deseo.

Doromax fue el primero en hablar. Miró las riquezas y vio en ellas ciudades levantadas por su nombre, clanes enteros inclinados ante su poder, el fin de la miseria y el comienzo de una gloria imposible de discutir. Dijo que con aquello podrían salvar al valle, dominar la historia y no volver jamás a obedecer a rey alguno.

Jalim, sin embargo, no miraba el oro. Miraba la posibilidad de la Etheria. Pensaba en poder, sí, pero no del mismo modo que Doromax. Pensaba en una fuerza tan alta que ya nada lo separara de aquello que amaba. Pensaba en dejar de ser un hombre limitado por su nacimiento, por sus dudas, por sus bordes. Pensaba en Asteliana.

El espectro calló. Y dejó que ambos se miraran.

Lo comprendieron demasiado tarde: el altar no solo ofrecía. También dividía.

Doromax acusó a Jalim de egoísmo disfrazado de nobleza. Jalim respondió que la riqueza era una cadena brillante, no una salida. Doromax habló del deber hacia los vivos. Jalim del poder necesario para cambiar el destino. Ninguno mentía del todo. Ninguno hablaba del todo por los demás.

Y así, lo que el bosque había perdonado hasta entonces, el altar lo hizo estallar.

Los dos combatieron.

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No con la furia ciega de enemigos antiguos, sino con la violencia amarga de quienes han sobrevivido demasiado juntos para no conocer dónde herir. Doromax golpeaba con lo que le quedaba de fuerza, buscando imponer el peso de su cuerpo y su voluntad. Jalim resistía, desviaba, contestaba con precisión, más agotado, pero también más centrado.

Fue un combate corto y terrible. No porque durara poco, sino porque cada uno de ellos estaba ya al límite de sí mismo. Llegó un momento en que ambos comprendieron que seguir significaba matarse allí mismo, delante del altar, después de haberlo perdido todo.

El espectro intervino entonces.

No con violencia. Con verdad.

Les dijo que el altar ya había obtenido lo que buscaba: había mostrado el núcleo real de sus deseos. Y que ahora debían decidir de una vez.

Fue Jalim quien habló primero.

Dijo que la riqueza y el poder podían esperar o perderse, pero que el mundo estaba ya al borde de una guerra levantada sobre una mentira. Dijo que habían visto morir a demasiados hombres para volver de allí solo con oro o grandeza. Dijo que, si habían atravesado el bosque, debía ser para arrancarle al misterio aquello que nadie más había podido obtener.

Doromax lo miró largo rato. Todavía había rabia en él. Todavía ambición. Pero también estaba el cansancio, y cierta forma de lucidez amarga que solo llega después de ver a ocho compañeros desaparecer uno tras otro en la oscuridad.

Finalmente, aceptó.

Eligieron la verdad.

Entonces el espectro les habló del origen antiguo de las grandes armas, de la guerra de los Cuatro Hermanos y del propósito para el que aquellas reliquias habían sido forjadas. Les explicó que la Zaram no era simplemente una espada valiosa, sino una pieza de una historia mucho más vasta, una historia que el tiempo había intentado enterrar sin conseguirlo del todo.

Y cuando Doromax preguntó por fin lo esencial —quién la había robado, quién había puesto en marcha aquella cadena de sangre— el espectro respondió.

Dijo que la Zaram había sido sustraída por un ser cuya existencia era ya casi una sombra en el tiempo. Un testigo de la guerra de los Cuatro Hermanos. Un traidor antiguo. Un condenado.

Les reveló que aquel ser yacía en una prisión eterna, en el Estrecho de Kezdar, castigado siglos atrás por su ambición y su perfidia, condenado a una existencia de sufrimiento y privación. Pero también les dijo algo peor: que, de algún modo todavía no comprendido del todo por los vivos, esa voluntad antigua había logrado extender su mano hacia el presente. No con cuerpo libre, quizá no de la manera en que un hombre ordinario actuaría, pero sí con influencia suficiente para mover piezas, corromper voluntades y apoderarse de la espada.

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No había sido el valle. No había sido Aratto. No había sido un simple ladrón.

La guerra había sido encendida desde mucho más atrás.

Doromax y Jalim quedaron inmóviles. Lo que habían hallado era más grande que una reliquia perdida. Era la prueba de que Kois estaba siendo empujado, una vez más, por fuerzas nacidas en una herida antigua que nunca terminó de cerrarse.

Pero el espectro no había terminado.

Les advirtió que esa verdad no podía ser hablada libremente. No fuera del bosque. No entre hombres comunes. No ni siquiera entre ellos sin cargar el precio.

Explicó que existía un pacto antiguo, un equilibrio frágil sostenido precisamente por el silencio sobre ciertos conocimientos. Si lo rompían, si desataban aquella verdad sin medida, sellarían también su propia condena.

Para guardar ese juramento, el altar los marcó.

No con hierro ni con fuego común, sino con una marca de Etheria antigua, una señal invisible para la mayoría, pero imposible de ignorar para quienes supieran verla. Quedaron atados al conocimiento que habían recibido. Dueños de la verdad, sí, pero también prisioneros de ella.

Así ganó el altar, viajero.

No porque los destruyera. No porque los matara. Sino porque les permitió llegar hasta él, les arrancó uno a uno a sus compañeros, los obligó a mostrar el verdadero rostro de sus deseos, los enfrentó entre sí, y al final les entregó aquello que más habían buscado… al precio de no poder poseerlo con libertad.

Cuando salieron del Altar de la Abundancia, ya no eran los mismos hombres que habían entrado al bosque. Eran solo dos, sí. Pero no dos vencedores.

Eran dos sobrevivientes marcados por una verdad demasiado grande para descansar sobre ella sin temblar.

Y mientras regresaban hacia un mundo que ya se preparaba para la guerra abierta, ambos sabían que la Zaram no había sido robada por simple codicia. Había sido tomada por la mano larga de un pasado que se negaba a morir.

Ese fue el verdadero premio del altar. No el oro. No el poder. Sino la certeza de que el enemigo de Kois no estaba solo delante de sus ojos, marchando bajo estandartes del desierto, sino también detrás del tiempo, moviendo desde las sombras lo que los hombres todavía creían decidir por sí mismos.

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