Crónicas
Fixed Card Game

CAPÍTULO 10

El bosque de la perdición

La guerra, viajero, no siempre llega primero con el choque del acero. A veces llega antes en forma de noticia. De susurro. De rostro pálido. De un hombre que regresa solo cuando partió acompañado.

Uno de los informantes del Valle del León, enviado hacia el sur para seguir el movimiento de las tropas del reino, encontró finalmente al contingente del comandante. O, mejor dicho, encontró lo que quedaba de él.

No halló una columna ordenada ni una formación en marcha. Halló cuerpos. Halló humo. Halló tierra abierta por el combate y el eco reciente de una derrota que todavía parecía respirar entre las ruinas.

Desde la distancia reconoció los estandartes caídos del valle, la madera rota de los carros, las flechas clavadas en el barro y los restos dispersos de una batalla que no había dejado espacio para la esperanza.

También vio al comandante.

Seguía con vida, aunque apenas. Estaba herido, cubierto de sangre y apoyado contra una piedra ennegrecida, respirando con la dureza de quien ya no lucha por la victoria, sino por arrancarle unos instantes más al destino.

El informante se acercó cuanto pudo, ocultándose entre los escombros y las sombras del terreno, pero comprendió de inmediato que no podía ayudarlo. Los Zectarium seguían aún en la zona, revisando el campo, rematando heridos y reclamando como trofeo el silencio que habían impuesto.

Si intentaba rescatarlo, moriría con él.

El comandante alzó apenas la vista y alcanzó a verlo entre las rocas. No hizo falta una larga conversación. En momentos así, viajero, un soldado entiende lo que otro hombre no se atreve a decir.

El informante percibió en sus ojos una sola orden: vuelve.

Vuelve al reino. Vuelve a la fortaleza. Vuelve antes de que sea demasiado tarde.

Y así lo hizo.

Cabalgó con desesperación por los caminos del valle, sin detenerse más que lo indispensable para no dejar morir a su montura. El viento le golpeaba el rostro, el polvo se le pegaba a la piel, y en su mente solo se repetía la misma certeza terrible: el ejército enviado por Cas había sido derrotado.

Cuando por fin regresó a la Fortaleza del León, su aspecto bastó para que los guardias comprendieran que no traía buenas noticias. Lo condujeron de inmediato ante el rey, y allí, con la voz quebrada por el cansancio, relató lo que había visto.

Habló del campo devastado. De las ruinas. De los muertos. Habló del comandante aún con vida, pero perdido entre enemigos. Y habló también de la fuerza de los Zectarium, mucho mayor de lo que el reino había querido creer.

Jalim junto al río con su escudo

Cuando terminó, el silencio en la sala fue más pesado que cualquier grito.

Cas no respondió de inmediato. Pero la noticia, como toda noticia nacida del miedo, no permaneció encerrada mucho tiempo.

Antes de que la noche terminara, el rumor ya se había extendido por corredores, murallas, cocinas, establos, dormitorios y patios interiores. Los soldados hablaban en voz baja. Los sirvientes caminaban con prisa. Los comerciantes cerraban antes sus puestos. Y en todas partes comenzaba a instalarse la misma sensación: la guerra ya no era una amenaza lejana.

La angustia cayó sobre la fortaleza como una niebla espesa.

Fue en medio de esa inquietud cuando, no muy lejos de los muros principales, en una taberna frecuentada por guardias, exploradores y hombres que todavía creían poder reír antes del desastre, se encontraban dos figuras que pronto habrían de tomar su propio camino.

Doromax en la taberna del Valle del León

Uno de ellos era Doromax.

Imponente incluso estando sentado, de barba roja como brasa viva, brazos de guerra y mirada de tormenta, Doromax era de esos hombres que llenan un lugar con su sola presencia. Muchos lo consideraban brutal. Otros, indomable. Yo diría que ambas cosas eran ciertas. Pero había en él algo más peligroso todavía: una ambición que nunca aprendió a conformarse con lo que ya tenía.

Frente a él estaba Jalim.

Más sereno, más contenido, pero no menos formidable, Jalim era un defensor por naturaleza. Su fuerza no nacía únicamente del cuerpo, sino también del temple. Era un arquero poderoso, disciplinado y respetado entre los suyos, uno de esos hombres en quienes otros confían cuando el mundo empieza a inclinarse hacia el abismo.

Jalim junto al río con su escudo

Pero incluso los hombres firmes guardan secretos, viajero.

Y el mayor secreto de Jalim no era militar. Era del corazón.

Desde hacía tiempo estaba enamorado de Asteliana. No era un capricho pasajero ni una fascinación nacida de la belleza. Era un sentimiento profundo, silencioso y persistente, guardado con tanto cuidado que nadie en la fortaleza lo sospechaba.

Nadie, salvo Doromax.

Su fiel amigo conocía aquella verdad porque había visto cómo cambiaba la voz de Jalim al pronunciar su nombre, cómo su mirada se perdía cuando alguien hablaba de Arheim, y cómo en medio de cualquier conversación su silencio se volvía distinto cuando el recuerdo de Asteliana pasaba cerca.

A diferencia de la historia prohibida de Karleon, aquella posibilidad no era imposible. Jalim y Asteliana pertenecían a una misma raíz de poder, a una cercanía que el mundo habría aceptado sin escándalo. Si el destino se inclinaba a su favor, él sí podía aspirar realmente a ella.

Y precisamente por eso Doromax decidió hablar aquella noche.

Mientras la taberna murmuraba en torno a la derrota del sur y las jarras golpeaban la madera con menos alegría que de costumbre, Doromax se inclinó hacia su amigo y dijo en voz baja:

—Si el reino va a caer en guerra, entonces este es el momento de dejar de ser uno más.

Jalim frunció el ceño, sin apartar la vista de la mesa.

—Hablas como si vieras una oportunidad en medio del desastre.

Doromax sonrió apenas.

—Tal vez porque la hay.

Entonces mencionó un nombre que muchos preferían no pronunciar: el Bosque de la Perdición.

Incluso en la taberna, donde abundaban los hombres que fingían no temer a nada, ese nombre tenía peso. Las historias sobre aquel lugar corrían desde hacía generaciones: árboles antiguos que parecían observar, senderos que cambiaban de forma, susurros en lenguas olvidadas y una fuerza enterrada bajo la maleza que no pertenecía del todo a este mundo.

En su interior, decía la leyenda, se alzaba el Altar de la Abundancia. Un lugar donde aguardaban la grandeza, la riqueza y el dominio de una Etheria tan vasta que algunos la llamaban infinita.

Doromax dejó que las palabras se asentaran antes de continuar.

—Con ese poder —dijo—, podrías dejar de ser un guardián más del reino. Podrías convertirte en alguien ante quien incluso los sabios inclinen la cabeza. Alguien a quien Asteliana no pudiera ignorar.

Jalim levantó la mirada.

En su rostro no había ira, sino conflicto. Porque la propuesta era insensata… y, al mismo tiempo, tentadora.

—Nadie sale con vida de ese bosque —respondió al cabo de un momento—. Todos los relatos terminan igual.

Doromax bebió un trago antes de contestar.

—Todos los relatos los cuentan hombres pequeños. Los grandes escriben otros nuevos.

Jalim junto al río con su escudo

Jalim guardó silencio.

Afuera, la fortaleza seguía llenándose de miedo. Adentro, en aquella mesa apartada, comenzaba a abrirse otra clase de camino.

Doromax no hablaba solo por amistad. En su interior ardía su propio deseo. No buscaba proteger al reino, ni responder a la guerra, ni servir a un rey asustado. Quería gloria. Quería poder. Quería regresar convertido en un nombre imposible de ignorar.

Jalim, en cambio, no soñaba con la gloria por sí misma. Lo que lo movía era más íntimo, más humano y tal vez más peligroso: el amor de Asteliana.

Ese fue el punto exacto, viajero, donde la conversación dejó de ser una locura de taberna y empezó a transformarse en decisión.

Doromax habló durante largo rato. Le recordó a Jalim que la guerra estaba cambiando el tablero de Kois. Le dijo que, en tiempos así, quienes se atrevían a cruzar los límites podían volver convertidos en leyenda. Le prometió que, si hallaban el altar, ya no dependerían de reyes, ni de consejos, ni de las lentas decisiones de otros.

Poco a poco, la duda de Jalim empezó a ceder. No porque dejara de temer, sino porque comenzó a desear más de lo que temía.

Y eso, viajero, basta muchas veces para cambiar el destino de un hombre.

Antes de que terminara la noche, ambos habían tomado una resolución.

No irían solos.

Reunieron en secreto a otros ocho guerreros de la fortaleza: hombres endurecidos, ambiciosos unos, leales otros, imprudentes varios, pero todos lo bastante valientes —o lo bastante desesperados— para aceptar una expedición hacia un lugar del que nadie regresaba.

Ninguno de ellos sabía con certeza si aquella aventura podría ayudar o no a la guerra que se acercaba. Quizá hallarían un poder capaz de inclinar el destino de Kois. Quizá encontrarían solo muerte bajo las ramas antiguas del bosque.

Pero ya habían decidido avanzar.

Así, mientras el rey Cas enfrentaba la noticia de la derrota, mientras la fortaleza entera se llenaba de temor y mientras en otros rincones del mundo se tensaban hilos de amor, guerra y traición, un nuevo grupo se preparaba para internarse en un camino todavía más oscuro.

Uno buscaba gloria. Otro buscaba amor.

Y ambos, sin saberlo aún, marchaban hacia un bosque donde muchas cosas podían encontrarse, pero casi nunca al precio que uno deseaba pagar.

Jalim junto al río con su escudo
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