CAPÍTULO 8
El árbol del saber
Hay cosas, viajero, que ni la guerra ni los reyes pueden gobernar del todo. Puedes levantar murallas, dictar leyes, sellar alianzas y encender ejércitos, pero aun así hay fuerzas que encuentran la forma de abrirse paso entre las grietas del mundo. El amor es una de ellas.
Lo sé porque lo he visto más de una vez.
Y también porque, mucho antes de esta historia, yo mismo amé una vez a quien no debía. No fue una mujer de otra facción, ni una reina enemiga, ni una sabia de tierras lejanas. Fue alguien todavía más inaccesible. Más peligrosa. Más imposible.
Amé a una deidad.
Pero esa, viajero, es otra historia. Una que te contaré cuando llegue el momento. Ahora debo volver a Karleon y Asteliana, porque mientras los hombres comenzaban a prepararse para la guerra, ellos buscaban todavía un instante para seguir perteneciendo el uno al otro.
Después de abandonar la Fortaleza del León en silencio, Karleon cruzó los cielos de Kois impulsado por la Etheria. No avanzaba con la calma de un viajero ni con la precisión de un mensajero. Volaba como quien siente que cada minuto perdido puede convertirse en una herida. Bajo él quedaron los campos del valle, los ríos, los caminos y las tierras abiertas; delante, cada vez más altas, se alzaban las montañas blancas de Arheim.
Pero Karleon no podía llegar sin anunciarse. No a ella. No de la forma en que siempre habían aprendido a encontrarse.
Así que, antes de acercarse a las torres y a los templos de los Artherianos, tomó entre sus manos una pequeña ave, ligera y fiel, y le entregó una señal distinta a todas las anteriores: una ave verde.
Asteliana conocía perfectamente su significado.
El ave azul decía: pienso en ti. El ave verde decía algo más urgente: espérame en el Árbol del Saber.
En las montañas de Arheim existía un lugar antiguo, casi sagrado, conocido por pocos fuera de sus muros. El Árbol del Saber crecía en una terraza elevada del palacio, en un rincón donde el viento pasaba con suavidad entre columnas de piedra blanca y escaleras gastadas por siglos de estudio y contemplación. Sus raíces se aferraban a la roca misma de la montaña, y sus ramas se abrían hacia el cielo como si quisieran tocar la Etheria que recorría el mundo.
Allí se habían encontrado antes. Allí habían aprendido a hablar sin máscaras. Allí, lejos de los salones vigilados, podían olvidar por unos momentos que pertenecían a pueblos distintos y que las leyes del mundo consideraban imposible lo que para ellos era ya inevitable.
Cuando Asteliana vio el ave verde, su corazón comprendió antes que su mente. Dejó cuanto estaba haciendo, guardó la compostura ante los ojos ajenos y se dirigió hacia aquel lugar con la serenidad exterior que su orden esperaba de ella. Pero por dentro no había serenidad alguna. Había ansiedad. Había anhelo. Y había también miedo.
Porque nadie envía una señal así cuando los tiempos son tranquilos.
Cuando llegó al Árbol del Saber, el aire de la tarde estaba limpio y frío. Las montañas reflejaban la última luz del día, y las hojas del árbol se mecían apenas, como si también aguardaran.
Entonces lo vio.
Karleon emergió entre las sombras de la terraza con el viaje todavía marcado en el rostro. No hizo falta saludo. No hizo falta explicación previa. Los dos se miraron con esa intensidad que solo nace cuando el amor y el peligro llegan al mismo tiempo.
Y corrieron el uno hacia el otro.
Se encontraron bajo las ramas del árbol antiguo y se abrazaron con la fuerza de quienes saben que cada encuentro puede ser el último antes de que el mundo cambie para siempre. Luego se besaron.
No fue un gesto tímido ni una duda disfrazada de prudencia. Fue un beso verdadero, lleno de necesidad, de alivio y de esa tristeza secreta que acompaña a los amores condenados por las leyes de los hombres.
Durante un momento permanecieron así, sin hablar, como si el simple hecho de tocarse pudiera detener el avance del tiempo. Pero Karleon no había cruzado medio mundo solo para abrazarla. Había venido a advertirla.
Fue él quien habló primero.
Le contó lo ocurrido en el Valle del León. Le habló del ataque sobre Valdecalabaza, de la amenaza de Aratto, de la ira por la pérdida de la Zaram y del consejo reunido en la fortaleza. Le dijo que el rey Cas ya había ordenado movilizar tropas y que todo indicaba que la guerra, que hasta entonces parecía un rumor lejano, estaba a punto de desatarse de verdad.
Asteliana lo escuchó en silencio. Sus ojos no se apartaban de él, pero su expresión iba volviéndose más grave con cada palabra. Ella conocía bien a su propio pueblo. Sabía que en Arheim las noticias de una guerra entre facciones no serían recibidas con indiferencia. Los Artherianos observaban mucho, callaban mucho y rara vez se movían sin una razón profunda. Pero si el conflicto crecía, las montañas no podrían permanecer ajenas para siempre.
Karleon tomó sus manos entre las suyas.
—Debes cuidarte —le dijo—. No sé hasta dónde llegará esto, pero va a empeorar. No vine solo porque necesitara verte… vine porque necesitaba advertirte.
Asteliana sintió cómo aquellas palabras la herían y la confortaban al mismo tiempo. Había amor en ellas, pero también despedida.
—Entonces quédate —susurró ella, aunque en el fondo sabía que no podía pedírselo de verdad.
Karleon cerró los ojos un instante, como si quisiera permitirse esa idea aunque solo fuera por un segundo.
—Debo volver —respondió al fin—. No puedo desaparecer ahora. Hay movimientos en el valle, preguntas sin respuesta y algo oscuro detrás de todo esto. Pero necesitaba verte. Necesitaba decírtelo yo mismo. Necesitaba saber que estarías alerta.
Asteliana bajó la mirada por un momento, vencida por esa verdad que tanto odiaba. Su amor no solo era imposible por ley; también estaba atrapado entre deberes que ninguno de los dos podía abandonar sin romper algo esencial de sí mismo. Él pertenecía al mundo que se preparaba para resistir. Ella pertenecía al mundo que observaba desde las alturas, obligado por su tradición a no mezclarse con los demás.
Y, sin embargo, allí estaban.
Dos almas aferrándose una a la otra bajo un árbol antiguo, mientras los reinos comenzaban a desangrarse.
Asteliana alzó de nuevo los ojos y lo miró con una firmeza serena, esa clase de fortaleza que solo poseen quienes han aprendido a sufrir sin quebrarse.
—Volverás —dijo ella, no como pregunta, sino como promesa que exigía ser cumplida.
Karleon apoyó su frente en la de ella.
—Volveré.
Pero los dos sabían que en tiempos de guerra ninguna promesa está completamente a salvo del destino.
Se besaron una vez más, más despacio esta vez, como si quisieran dejar guardado en ese instante todo lo que no podían asegurar del mañana. El viento de las montañas pasó entre las ramas del árbol y agitó suavemente los cabellos de Asteliana, mientras la luz del atardecer se iba retirando de las piedras blancas del palacio.
Finalmente tuvieron que separarse.
Karleon retrocedió primero, como si cada paso le exigiera más voluntad que una batalla. Asteliana permaneció bajo el Árbol del Saber, observándolo, sin intentar detenerlo de nuevo. A veces amar también consiste en dejar partir al otro hacia aquello que debe enfrentar.
Él se alejó con la sombra de la guerra a sus espaldas. Ella se quedó entre las alturas de Arheim con el presentimiento de que algo inmenso estaba por romperse en Kois.
Y yo, que mucho después recordaría aquella escena, supe que no estaba viendo solamente a dos jóvenes enamorados. Estaba viendo uno de esos momentos pequeños y silenciosos que el mundo suele ignorar… hasta que el tiempo demuestra que también allí, bajo un árbol antiguo y lejos de los ejércitos, se estaba decidiendo una parte del destino.