CAPÍTULO 14
La cascada de la sanación
El ascenso hacia las Montañas Blancas de Arhiem no fue un trayecto, sino una resistencia sostenida contra el avance inevitable del tiempo. Asteliana avanzaba con una determinación que ya no nacía del entrenamiento ni de la disciplina que la había definido durante años, sino de una urgencia visceral que anulaba cualquier otra consideración. En sus brazos, Karleon apenas conservaba la vida; su respiración era irregular, su pulso débil, y su flujo de Etheria se encontraba completamente desordenado. El veneno no solo lo estaba consumiendo físicamente, sino que estaba alterando aquello que le daba forma, su esencia misma.
Cuando finalmente alcanzaron el acceso a Arhiem, el contraste fue brutal. El aire era más puro, más denso, cargado de una Etheria que no respondía a la voluntad, sino a un equilibrio antiguo, profundo y ajeno al caos del mundo exterior. Asteliana sintió esa energía envolverla, estabilizarla, pero no fue suficiente para aliviar su preocupación. Sabía que el entorno podía ayudar, pero también sabía que no bastaba. Necesitaba la cascada. Y necesitaba llegar ahora.
Los guardianes se encontraban en su posición habitual, inmóviles, imperturbables, como si el paso de los siglos no hubiese tenido efecto alguno sobre ellos. Sus lanzas cruzadas formaban una barrera que no necesitaba explicación. Asteliana se detuvo frente a ellos, sosteniendo a Karleon con un esfuerzo que comenzaba a pasarle factura, pero su voz no se quebró cuando habló.
—Necesito entrar —dijo, sin rodeos, con una firmeza que no dejaba espacio para interpretaciones—. No vengo a pedir permiso por capricho, sino porque si no lo hago ahora, él morirá.
Uno de los guardianes la observó con detenimiento antes de responder. Su voz no era hostil, pero tampoco mostraba compasión.
—No está autorizado —dijo—. Ningún extranjero puede cruzar este límite. No es una decisión personal, es una ley que no puede romperse por circunstancias individuales.
Asteliana apretó los dientes. Podía sentir cómo el cuerpo de Karleon se debilitaba aún más. No había tiempo para discutir principios.
—Entonces llamen a mi maestro —respondió, elevando apenas la voz, pero cargándola de una urgencia imposible de ignorar—. Si hay alguien que puede tomar esta decisión, es él. Y si después de verlo decide que no debo pasar, aceptaré su palabra. Pero no me obliguen a perder tiempo explicando lo evidente.
El silencio se extendió durante unos segundos que se sintieron interminables. Finalmente, uno de los guardianes asintió y se retiró. Asteliana permaneció allí, sosteniendo a Karleon, observando cada leve movimiento de su pecho como si cada uno fuese el último. No se permitió pensar en el resultado. Solo en lo que debía hacer.
Cuando el maestro apareció, lo hizo con la misma calma con la que siempre había caminado por Arhiem. Sin prisa, sin tensión visible, pero con una presencia que imponía respeto incluso en las situaciones más críticas. Su mirada se posó de inmediato sobre Karleon, y no necesitó más que unos instantes para comprender la gravedad de lo que tenía frente a él.
Asteliana habló antes de que él pudiera decir una palabra.
—Ha sido envenenado —dijo, controlando su voz con esfuerzo—. No es una toxina común. Está afectando su flujo de Etheria, lo está desestabilizando desde dentro. La única forma de revertirlo es llevándolo a la Cascada de la Sanación. No hay otra alternativa que funcione a tiempo.
El maestro guardó silencio unos segundos. No porque dudara, sino porque estaba evaluando algo más que el problema inmediato.
—Comprendo la situación —respondió finalmente—. Pero también comprendes tú las reglas que rigen este lugar. La cascada no es un recurso al que se accede por necesidad. Es un espacio sagrado, reservado para quienes pertenecen a Arhiem. No es una excepción lo que pides, es una ruptura.
Asteliana dio un paso hacia él, sin soltar a Karleon.
—No estoy pidiendo un privilegio —dijo, esta vez con la voz cargada de emoción—. Estoy pidiendo la posibilidad de salvar una vida. Y no cualquier vida… la de alguien que ha estado luchando por este mundo tanto como cualquiera de nosotros. Si lo dejamos morir aquí, no será por incapacidad, será por decisión.
El maestro la observó con una expresión que no cambiaba, pero su silencio ya no era el mismo.
—Las reglas no se sostienen porque sean convenientes —respondió con firmeza—. Se sostienen porque romperlas tiene consecuencias que no siempre son visibles de inmediato. Si permito esto, no solo altero una tradición, abro una puerta que otros también querrán cruzar. Y Arhiem dejará de ser lo que es.
Fue entonces cuando Asteliana dejó de discutir.
Bajó la mirada hacia Karleon, observó su estado, sintió la fragilidad de su vida en ese instante… y algo dentro de ella cambió.
—No lo entiendes —dijo finalmente, en un tono más bajo, pero más intenso—. No es una elección entre reglas y excepción. Es una elección entre dejarlo morir o hacer lo que sea necesario para salvarlo.
Levantó la vista nuevamente, y esta vez no había contención en sus palabras.
—Lo amo —dijo.
La palabra no fue pronunciada como una confesión, sino como una verdad que ya no podía permanecer oculta. Y con ella, la Etheria respondió. Una energía de tonalidad verde comenzó a emanar de su cuerpo, no de forma controlada, sino como una extensión directa de su estado emocional. El aire a su alrededor vibró, los guardianes retrocedieron instintivamente, y el maestro sintió aquella energía con una claridad que no dejaba espacio para dudas.
Asteliana dio un paso más, y su voz, ahora envuelta en aquella energía, fue aún más firme.
—Si tengo que romper cada norma que me enseñaron para salvarlo, lo haré. Si tengo que enfrentarme a Arhiem completo, lo haré. Pero no voy a quedarme aquí viendo cómo muere cuando sé que existe una forma de evitarlo.
El maestro no respondió de inmediato. La observó, percibió la intensidad de su Etheria, la determinación absoluta en su mirada, y comprendió algo que iba más allá de la situación presente. Aquello no era un acto impulsivo. Era una decisión definitiva.
—Si te permito el paso —dijo finalmente, con un tono más grave—, no habrá regreso. No se trata de un castigo, sino de una consecuencia. Arhiem no puede sostenerse si quienes lo forman comienzan a elegir cuándo respetar sus fundamentos. Si cruzas ese límite, lo haces sabiendo que no volverás.
Asteliana no necesitó tiempo para responder.
—Nada me importa más que salvarlo —dijo—. Ni este lugar, ni sus reglas, ni mi lugar en él. Si tengo que perder todo eso para que él viva, entonces no hay decisión que tomar.
El silencio que siguió fue breve, pero definitivo.
—Entonces llévalo —concluyó el maestro—. Y asume el precio de lo que estás haciendo.
La Cascada de la Sanación se extendía ante ellos como un fenómeno que desafiaba la lógica. El agua no caía en una sola dirección; se elevaba, se fragmentaba, se recomponía en ciclos continuos, cargada de una Etheria pura que envolvía todo el espacio. Asteliana depositó a Karleon en el centro de aquel flujo y comenzó a trabajar sin pausa. Sus manos se mantuvieron firmes, su concentración absoluta, mientras intentaba estabilizar la energía que lo recorría.
—No te vayas —murmuró en un momento, inclinándose levemente hacia él—. No después de todo lo que hemos hecho… no así.
El proceso fue largo. El veneno resistía, se aferraba a cada fragmento de su Etheria, pero la influencia de la cascada comenzaba a imponerse. Asteliana no dejó de sostenerlo, no dejó de hablarle, no dejó de mantener su voluntad alineada con un solo objetivo: traerlo de vuelta.
Con el paso del tiempo, la energía de Karleon comenzó a estabilizarse. Su respiración se volvió más regular, su cuerpo dejó de tensarse, y finalmente, en un momento que pareció suspendido en el tiempo, abrió los ojos. Su mirada tardó en enfocarse, pero cuando lo hizo, encontró a Asteliana frente a él.
—No pensaba… que esto terminaría así —dijo él con debilidad, pero con una leve sonrisa—. Creí que esta vez no iba a volver.
Asteliana dejó escapar una respiración contenida durante demasiado tiempo.
—No iba a permitirlo —respondió—. No después de todo.
No hubo más palabras. No eran necesarias.
Cuando abandonaron la cascada, los guardianes ya estaban preparados. El maestro se encontraba allí, en silencio. Asteliana lo miró una última vez, no con resentimiento, sino con una comprensión que no había estado presente antes. Él asintió apenas, reconociendo la decisión que ella había tomado.
Sin despedidas, sin ceremonias, Asteliana dejó Arhiem.
Ya no como parte de él.
Sino como alguien que había elegido otro camino.
Karleon caminaba a su lado, aún debilitado, pero con vida. Y mientras descendían de las montañas, el peso de lo que habían dejado atrás se mezclaba con la certeza de lo que aún quedaba por enfrentar. La guerra seguía en curso, y el Valle del León los esperaba, junto con el rey Cas y las decisiones que definirían el futuro de Kois.
Porque el amor puede desafiarlo todo, viajero… pero el mundo no deja de girar por ello.