CAPÍTULO 2
El robo de la Zaram
Escucha bien, viajero. No toda guerra comienza con ejércitos marchando. A veces comienza con una sola ausencia. Una reliquia perdida. Un orgullo herido. Una sospecha mal dirigida. Y así fue como el desierto de Zorum comenzó a agitarse.
En aquellas tierras gobernaba Aratto, rey de los Zectarium. No heredó su trono por sangre ni por consejo. Lo obtuvo como su pueblo respeta el poder: desafiando a muerte al rey anterior y venciéndolo ante todos. Así reclamó el reinado, y así mantuvo el temor de los suyos.
En el centro de sus chozas se alzaba la mayor de todas: la tienda del rey. Allí, entre armas, huesos, fuego y estandartes de guerra, Aratto guardaba su tesoro más importante: la Zaram, un arma legendaria. Yo mismo la vi hace más de mil años, durante la guerra de los Cuatro Hermanos. Fue terrible entonces. Pero esa historia vendrá después.
Una noche, sin aviso y sin testigos claros, la Zaram fue robada. Nadie supo decir exactamente cómo ocurrió. No hubo rostro, no hubo nombre, solo rastros confusos, guardias avergonzados y el rumor de una sombra escapando entre la oscuridad.
Algunos centinelas dijeron haber visto una figura ajena a Zorum. No estaban seguros, pero varios coincidieron en una sospecha: tal vez era un Gartherium. Bastó ese murmullo para encender la furia.
Cuando Aratto descubrió la pérdida, su rabia cayó sobre el campamento como fuego sobre aceite. Para él no era solo un robo. Era una humillación. Una afrenta a su fuerza, a su reinado y al honor de los Zectarium.
Entonces juró que llevaría la guerra hasta las puertas de la fortaleza del Valle del León. Si la mano de un Gartherium había tocado la Zaram, entonces el valle entero respondería por ello.